Il raqs shai maftuh: Aziza

Il raqs shai maftuh: Aziza

Por Giselle Rodríguez

Cuando viene una bailarina egipcia a México, procuro asistir a sus clases. Me parece que como bailarina y profesora de danza oriental, es mi obligación hacerlo.

Así que cuando Alika Anwar y Belly Nuha trajeron a Aziza de El Cairo no dudé en asistir al seminario, puesto que ya la había visto en videos y me gustaba su estilo, al menos el que tenía en 2010, cuando solo era bailarina en Egipto, es decir, antes de que empezara a viajar por el mundo dando clases:

Para mi sorpresa, me encontré con que su estilo había cambiado desde entonces, tanto que en la primera coreografía que nos enseñó, de la canción “Ashkeek Limeen”, uno de los acentos los marcó con fuertes sacudidas de cabellos hacia el frente.

Pero lo que me dejó verdaderamente atónita fue cuando Aziza dijo:

“tanto en un baladi como en un shaabi, es perfectamente válido hacer trabajo de piso. En donde no sería aceptable sería en un tarab, pero por lo demás, tú puedes hacer lo que quieras en la danza. Si no es allí, ¿dónde? Lo mismo cuando hay silencios: ¡no tienes por qué dejar de moverte!

Y remató: “il raqs shai maftuh” (la danza es una cosa abierta).

Yo no daba crédito a mis oídos. Los shimmies de Aziza me siguen pareciendo hermosos y fluidos, y su capacidad de girar y girar rápidamente sin marearse no deja de impresionarme, pero de eso a decir que uno puede seguir bailando incluso cuando en la música hay un silencio o que uno puede hacer lo que quiera en la danza, al menos en la danza oriental, hay una gran diferencia.

Las más jóvenes de las asistentes aplaudieron y asintieron en señal de aprobación, contentas de que una maestra egipcia validara (por fin) su libertad para hacer cualquier fusión o invento que su creatividad dicte. La cuestión es que si esto sucediera, la danza oriental se convertiría en una mera recopilación de pasos comunes a una región específica del mundo que ahora podrían ser aplicables a cualquier estilo dancístico, en cualquier contexto.  Es decir, acabaría diluyéndose.

Semanas más tarde el tema volvió a salir en un debate con Nour Said, una de las pioneras de la danza oriental en México, quien publicó un video en el que decía que el trabajo de piso sólo podía hacerse con temas turcos al ritmo de chiftetelli, pero que nunca formaba parte del estilo egipcio.

Es cierto, entre las diosas de la época de oro de la danza oriental era inusual el trabajo de piso, aunque sí hubo ciertas escenas, como esta de la película de 1958 “Ahebak ia Hassan”, con la primera bailarina Naima Akef.

En ese mismo debate, planteé el ejemplo de la bailarina egipcia de la nueva generación Sahar Samara, que en su estilo personal hace un trabajo de piso distinto al de todas las demás.

Mi pregunta es: si las mismas egipcias están haciendo que su danza evolucione, ya sea con pasos propios nuevos o, en algunos casos, adoptando ciertos movimientos de otras intérpretes extranjeras de la danza oriental, como por ejemplo las rusas, ¿qué distinguiría entonces a la danza oriental del resto de los estilos de baile?, ¿cómo podríamos reconocerla?

Seguramente cuando Badia Masabni modernizó la danza de las ghawazee con más desplazamientos por el escenario, o la fila de coristas en el fondo que acompañaban a la bailarina principal para los espectáculos en sus casinos en Egipto, hubo quien, como yo, se escandalizó ante la innovación.

Es cierto, la danza es evolución constante, y hay maestros como el percusionista marroquí Yassir Jamal que creen que es sólo fuera del mundo árabe que la danza puede evolucionar para dejar de ser una mera forma de entretenimiento y convertirse en arte.

Personalmente, no me opongo a la evolución, pero si a la transformación que deje a la danza oriental irreconocible, me opongo a su dilución, porque corre el riesgo de desproveerla de su espíritu y esencia.

Desde luego, Aziza, Sahar y todas las demás bailarinas egipcias tienen derecho a interpretar y enseñar la danza de su país de la manera que ellas consideren conveniente. Y siempre se puede aprender de ellas. Pero en nosotras, como aprendices occidentales de este arte milenario, está el elegir qué damos por auténtico y qué no.

 


GISELLE RODRÍGUEZ es la autora del libro “Danza Oriental en Egipto” , una investigación periodística de 23,000 palabras sobre la historia de la danza oriental. Trabaja como editora para la agencia internacional de noticias Bloomberg News y también es profesora de danzas árabes en su escuela en la Ciudad de México Estudio Giselle Habibi 

 

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